Jesús murió por ti – Semana Santa

El calendario nos recuerda que estamos en la Semana Santa: Una oportunidad estupenda para reflexionar en los hechos históricos que tuvieron lugar hace ya casi 2000 años. Lo primero que quiero mencionar es la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén. La Biblia nos dice que la gente daba voces diciendo: “¡Hosana! Bendito el que viene en el nombre del Señor.” (Marcos 11, 9)

Al día siguiente Jesús entró en el recinto del templo y comenzó a expulsar a los cambistas y a los vendedores de palomas. Les recriminó de hacer de la casa de Dios una “cueva de ladrones”.

Pasó una semana de muchas actividades y llegó el día en que Jesús se juntó con sus discípulos para celebrar la cena de la Pascua. Durante la cena, el Señor Jesús compartió con los suyos unas enseñanzas entrañables que tenemos recogidas en los capítulos 13-17 del evangelio de Juan. Cada año esta fiesta les recordaba a los judíos cómo habían sido librados por la gracia y el poder de Dios de la esclavitud a la que estuvieron sometidos en Egipto en el tiempo de Moisés. Después de la cena Jesús salió con sus discípulos al huerto de Getsemaní que se encuentra al pie del Monte de los Olivos, frente a Jerusalén.

Hacia la medianoche, de repente se iluminó la oscuridad por la luz de antorchas y vino una tropa de siervos de los principales sacerdotes para prender a Jesús.

El viernes amaneció para el Señor Jesús con largos interrogatorios ante diferentes autoridades. Primero ante del Concilio de los judíos. Más tarde ante Pilato y después fue llevado a Herodes y devuelto otra vez a Pilato. Éste último, por la insistencia de los judíos, le condenó a muerte, aunque dejó bien claro que él no había encontrado ningún delito digno de muerte en Jesús. (Lucas 23, 22)

Así fue como llevaron a Jesús fuera de Jerusalén y le crucificaron en el Monte Calvario. Lo último que dijo Jesús al morir en la cruz fue: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23,46)

Pero gracias a Dios la historia no termina aquí, sino que después de tres días Jesús fue levantado de entre los muertos por el poder de Dios. A continuación apareció en varias ocasiones a los suyos y finalmente, 40 días después, sus discípulos presenciaron como ascendió al cielo delante de sus ojos.

Podríamos preguntarnos si la muerte de Jesús fue un accidente. ¡De ninguna manera! ¡Fue el perfecto plan de Dios para nuestra salvación! Por causa de nuestros pecados cada uno de nosotros mereceríamos la muerte, porque la Biblia nos dice que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6, 23). Muerte siempre significa separación. Por causa del pecado estamos separados de Dios y si no nos arrepentimos quedaremos separados de él para toda la eternidad, sufriendo amargas consecuencias.

No todas las personas tienen la misma sensibilidad en cuanto a sus pecados. Algunos son muy conscientes de que son pecadores y reconocen que fallan muchas veces en palabras, hechos, pensamientos y, como no, intenciones y actitudes del corazón. A otros les cuesta reconocer sus pecados. El Señor enseñó que “de dentro del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.  Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.” (Marcos 7, 21-23) Dios nos ha dado su Palabra para que por medio de ella reconozcamos nuestros pecados. Seguramente alguna vez últimamente has tenido un mal pensamiento en relación con algún vecino, un compañero de trabajo o estudio, un familiar… La Palabra de Dios dice que “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2, 10). Como ya dijimos: La sentencia de la Biblia es que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6, 23) ¡Por causa de nuestros pecados cada uno de nosotros merecemos la muerte!

Dios es un Dios de amor y misericordia y a la vez también un Dios santo y justo. Precisamente por causa de su santidad y justicia no puede pasar por alto nuestros pecados así como si nada. Su justicia requiere un pago justo por nuestros pecados. Pero impulsado por su amor hacia la humanidad ha enviado a su Hijo Jesucristo a este mundo para que solucionase el problema del pecado. Ya antes del nacimiento del Señor Jesús, un ángel apareció a José en sueños y le dijo que María había quedado embarazada por medio del Espíritu Santo. El ángel le dijo que: “(María) dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1, 21)

Estas palabras tuvieron su cumplimiento cuando el Señor Jesús murió por nosotros en la cruz. Jesús, siendo sin pecado, pudo pagar con su muerte en la cruz por nuestros pecados. “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.” (1 Pedro 3, 18)

El primer hombre, Adán, se alejó de Dios por causa de su desobediencia al mandato de Dios. Nosotros como sus descendientes nacemos ya apartados de una relación con Dios.

Sin embargo, como el texto bíblico citado lo expresa muy bien, él (Jesús) nos quiere llevar a Dios. Nos ofrece el perdón de nuestros pecados por la fe en Jesucristo y su muerte por nosotros. Y lo hace por gracia, es decir gratuitamente, sin esfuerzos y obras de nuestra parte. Él es nuestro sustituto que ocupó el lugar que nosotros merecíamos.

A nosotros nos toca reconocer que necesitamos regresar a Dios y buscar este perdón, acercándonos a Jesucristo en arrepentimiento y fe en él, pidiéndole perdón por nuestros pecados y dándole las gracias por haber pagado por todos ellos con su muerte en la cruz. Debemos reconocerle como nuestro Señor y Salvador, entregándole nuestra vida a él.

“…en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos.” (Hechos 4, 12)

Te animo a que en esta Semana Santa te pares a pensar lo que Cristo hizo por ti. Reconoce tu pecado, tu alejamiento de Dios y tu necesidad del SALVADOR. Dirígete por medio de una oración sincera al Señor Jesús y pídele perdón por tus pecados. Dale las gracias por haber pagado por ellos con su muerte en la cruz. Entrega tu vida en sus manos para que él sea tu Señor y Salvador. Él te está esperando y dice:

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. (Juan 6, 37)

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.  El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”. (1 Juan 5, 11-13)

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